viernes, 12 de marzo de 2010

Con el fierro en la mano V


Lunes 8 marzo de 2010

Una vecina me dijo “a mi viejito tengo que apagarle la tele porque de inmediato se pone a llorar”. Su papá tiene 92 años y probablemente conozca todos los rincones de esta región. Vio como el tierral se llenó de edificios gigantes y ahora volvió a ser un tierral, vivió dos terremotos grandes y pensó que el tercero no lo pillaría en pie y no puede hacer fila en el Bigger porque sus piernas no se lo permiten.

Probablemente, muchos de sus amigos ya dejaron este mundo, pero al ver tablas en el suelo, barcos incrustados en casas porteñas y bomberos removiendo concreto, debe haber pensado que más de alguno al que perdió la pista estaba por ahí. La televisión es una inmisericorde, pero sincera placa de vidrio que nos repasa una y mil veces esas imágenes que nos destruyen. Unos presionan el botón rojo para dedicarse a otra cosa y la mayoría seguimos pegados a la caja para convencernos que sí sucedió.

Por favor de un amigo de Canal 13, pude acceder a los noticieros desde el domingo y tengo dos escenas en la cabeza que nunca podré borrar. Una fue un viejo revisando los escombros en Dichato. Acá saquearon todo, pero allá no había ni una casa donde robar, así que este hombre descubría con desesperación una especie de paté sucio y se lo echaba a la boca rápido… Como asegurándose que nadie se lo quitase.

La otra imagen que me azotó la parte alta del pecho fue una que encuadraba dos niños abrazados entre lágrimas. Un poco más al fondo, en el suelo, se adivinaban los restos de sus padres bajo sepultura de madera. Los pequeños miraban a sus pies la muerte en su más cruel y desatinada expresión. Esa tarde me salté el almuerzo, pese a que soy un glotón incorregible, y me quedé pegado frente a las pantallas. Pisoteado.

Cuando volví a mi círculo tuve que narrar a todos lo que sólo habían escuchado por radio y era cómo explicarle el color verde a un ciego. Algo irretratable. Me preguntaban “¿fue tanto como hablan en la Bío Bío?” y mi respuesta era “mucho peor. Desaparecieron ciudades y las personas están muertas o se volvieron locas”. Al fin apareció el diario en la calle y las fotos dibujaban la “0” del asombro en cada boca, mientras los celulares inútiles captaban uno de cada cien llamados.

Hasta que el jueves llegó la luz a mi sector. Cambiamos el antejardín por los sillones nevados en polvo y la televisión nos abofeteó con la visión que nuestra panorámica no alcanzaba. Spielberg, Cameron y todos esos papanatas tendrán que realizar un esfuerzo más grande porque el umbral de nuestro asombro se elevó a un nivel sin medida. Creo que lo he visto todo, aunque el sacudón me enseñó que nunca debería creer eso.

Don Francisco ha liderado muchísimas Teletones y cada vez le cuesta más presentar casos que conmuevan porque el repertorio se le acaba. Esta vez era cosa de poner la cámara fija y captar como un ojo cualquiera y sin adornos sensibleros lo cotidiano. No hay imagen de la región que no humedezca nuestros ojos, nos hiele los brazos o nos haga preguntarnos “¿por qué cresta a nosotros?”.

La luz hallada por un sobreviviente esperando los brazos de un rescatista es esperanza. La luz de la televisión es desazón. Un colega me dijo “saca fotos. Esto es histórico y un día se lo tendrás que contar a tus nietos”. Sólo atiné a responderle “tú eres fotógrafo y cuentas las cosas con imágenes. Yo las cuento mejor con palabras”. Las fotos las saqué hace rato con mis pupilas y las almacené contra mi voluntad, así que a mis nietos tendré que explicarles como a un ciego el verde y tal vez a mi vecino de 92 le cuente como va todo con mentiras. Le diré que todo va mejor, para que no llore.

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